Queridas y queridos,
Estoy trasladando el blog a otro barrio más bonito para empezar donde lo dejé. La mudanza me está llevando más trabajo de lo previsto, las paredes no se pintan solas. En breves os invitaré a pasar y os relataré lo nuevo.
Besos
19/12/2011
28/06/2011
Batallas de inspiración
Ferran Folgado ha decidido poner su trazo a los posts indibujables de este blog.
La batalla que le queda por delante es ardua.
Por eso estamos preparando un lugar para la guerra, lejos de aquí:
Un blog donde lápiz y pluma se junten cuando les de la real gana.
17/06/2011
Pájaros sí

Cerraba los ojos muy fuerte, arrugándolos.
Apretaba los dientes abriendo los labios y movía las manos como ramos locos.
Mi amigo Petar tenía frío. Había vuelto después de dos años viajando por América e intentaba describirme el estruendo salvaje de los animales de la selva por la noche.
Intentó dormir en una playa, mirando al mar, con ese coro inquietante a sus espaldas. Tenía una lumbre cerca.
Habíamos aceptado el amanecer.
F. estaba tumbado en el sofá con el respaldo dando la espalda al gran ventanal.
Miraba a la nada.
Escuchábamos versiones de Bob Dylan.
Yo estaba hundida en el tresillo, dando de mamar a un gran cojín, con la gran pantalla de cristal enfrente.
El cielo era gris y luminoso, como un hueso.
Estábamos en ese momento fantasmal de las mañanas que te reprime hacia el silencio.
Las golondrinas empezaron a cruzarse por el cristal con riesgo: veloces, amenazantes. Estaba hipnotizada siguiendo los movimientos circulares. Habían tomado el techo de ciudad.
Desde el piso podía ver cómo enloquecían, graznaban. Estaba asistiendo una invasión de balas tiernas y altivas. Las golondrinas se adueñaban del mundo por un momento, aún, cada día.
Desde el piso podía ver cómo enloquecían, graznaban. Estaba asistiendo una invasión de balas tiernas y altivas. Las golondrinas se adueñaban del mundo por un momento, aún, cada día.
Tardé una hora y media en volver desde el centro de la ciudad. Cuando bajé del autobús y me despedí del chófer privado, inspiré para aguantar la caminata hasta mi cama. Sabía que cuando llegara sería de día, sabía que mis pasos no eran ligeros.
Empecé a andar siguiendo el río. La sangre bombeada desveló mi cuerpo y me liberó de la humedad. Cuando llegué a mi barrio, escondido tras la montaña, tuve que detenerme. Desde el espesor violeta de los arbustos, desde algún lugar inmenso, los pájaros celebraban que estábamos dormidos.
Pensé que hay esperanza mientras los pájaros sean los soberanos de las mañanas. Mientras invadan el cielo en el caos perfecto. Mientras nos aúllen las espaldas.
04/06/2011
Macarena
Con la nariz en sus rodillas y muslos huele la piel extranjera y deja que el pelo le caiga en otra dirección. Las raíces de su cabello verdadero, marrones, explotan. Permanece unos minutos así.
Caroline es flexible. Se mece sin moverse.
Cuando nota los labios hinchados y la frente pesada por la sangre que le baja, abre los ojos. Aparece un chicle de fresa enganchado a su vello púbico. Brilla entre la oscuridad y el aire caliente.
Caroline se deshace y baja de la cama. Elogia a la moqueta con sus pies. Camina hacia el lavabo. Busca unas tijeras y con los dedos pulgar, índice y corazón, extirpa el chicle. Se deja un claro. En 50 segundos se viste y se va.
Se ha ido por fin. La gata de mi ventana. Ha pasado ahí unos 15 minutos.
Primero he visto su cabeza curiosa desde el escritorio. Luego ella se ha concentrado para discernir entre las cortinas, y me ha visto también. Es una siamesa. Muestra algunas cicatrices, va sucia y tiene legañas.
En la finca en la que vivo hay una tribu de gatos. Al residir en el bajo que da a la calle, veo pasar sombras frente a las ventanas. Patas peludas intentan abrirse paso en las rendijas cuando cocino. Recibo visitas silenciosas. También oigo llantos, orgías y peleas a muerte. Éstas normalmente se dan en medio de la calle. El dibujo de farolas sobre el asfalto es el ring.
Macarena, así se llama la siamesa, se mueve muy despacio. En cada uno de sus celos se queda preñada de alguno de los gatos que la merodean. Sus amos matan a todas sus camadas desde hace al menos año y medio. Nunca me dice nada con la cara, ni con sus ojos celestes. Creo que es muda aunque maúlle.
Algunas tardes, cuando abro la puerta de la calle, aprovecha para desperezarse desde lo alto del muro. Y entonces sí me dice algo. Me mira con la sabiduría de un librero importunado. Creo que es feliz.
Foto: Pola Negri (Barbara Apolonia Chalupiec), 1897.
30/04/2011
magia negra
Hace no tanto tiempo las medias de nylon eran un bien muy preciado. Durante décadas sólo existieron las de seda, que se arrugaban en las rodillas y ofrecían un color mate, como la carne. Cuando apareció la novedad, las llamaron medias de cristal. Las mujeres las guardaban como joyas, entre paños, y algunas sólo se las ponían los fines de semana. Había jovencitas con vista de halcón que por quince céntimos de peseta, y con unos alambres casi imperceptibles, hacían desaparecer las carreras.
Las medias fueron creadas para vestir las extremidades. Resultó que las suavizan, crean un contorno de fantasía sensual sobre la humanidad. Una magia de pocos gramos de peso, leve y resistente, frágil y compleja, escurridiza e inexplicable. Un poco como la noche, que florece en recovecos y misterio, que ignora las texturas banales.
Me pongo unas medias negras. Al salir a la calle, el aire frío se desliza por mis piernas como mercurio, sólo me acaricia. Voy a la ciudad, a un concierto de jazz. Sé que allí encontraré a Lucifer, concentrado en su partitura. Según algunos pesados volúmenes del manual de la mujer liberada, no debería buscar su olor, quizás tampoco debiera llevar medias.
Los acordes hacen brotar con más fuerza la sangre de mi herida en el costado. Antes de empapar el sofá, salgo al balcón a fumar.
El concierto termina, y ya en la calle, quiero besar al diablo. No oigo las voces que me gritan. Sorda, me voy con mi criminal, y traigo yo las cervezas a la mesa. Pasa el rato, y nuestros ojos se enzarzan sin parar en peleas mudas.
Nos vamos, mañana hay ensayo. Yo voy a coger el autobús. Lucifer se sienta a mi lado, a esperar. Me da su mano extrañamente musculada y se retuerce para apoyar la cabeza en mi hombro. Yo le beso la mejilla, aspiro su olor, acaricio su pelo lleno de carbón. Cuando nuestros ojos se retiran, dejan paso a un dulce baile de labios, pequeño, insistente, tozudo.
- Te odio-, me despido. Sonreímos a cada lado del cristal.
"Has caído, ¡Recuerda!, ¿Por qué?". Imaginar ciertos ojos de espanto me hace reír. Lo amé y no quiero nada a cambio. Sonrío, porque el amor no me lo dan, lo llevo dentro. Curiosa libertad. Me duermo en el bus nocturno, invadida por una paz de balneario. Magia negra de medias negras.
23/04/2011
0=0

Erguida después de dormir por segunda vez en el día, me pongo una canción moderna y triste. Llevo los calcetines bajados por la mitad del pie y siento que mis dientes se desplazan. Miro la izquierda, a la butaca. La barriga blandita llena de finos pelos negros de mi gata durmiente. Una oruga a contraluz. Arriba y abajo. Llena, vacía.
Abro otra vez el pestillo que hay en mi nuca como un acto que fue rebelde, que sé podrido y visto. Que reconozco narcotizante. Como no me importa, pienso que otra vez hago lo que quiero. El río bravo de batido de fresa casero inunda mi cerebro otra vez. Muevo los dedos en el aire, toco el tiempo. Recuerdo la nota de puño y letra que descubrí en la mesita de noche de mi abuela. La lámpara pisaba una de sus esquinas, casándola con el tapete que salió de sus manos.
Dios me da por mi buen curar
por San Pedro y San Juan
por la corte celestial
por la señora emperatriz y la virgen purísima
si eres macho o eres hembra
que se seque desde la copa hasta la raíz
tres veces seguidas
y se hace la cruz las tres veces.
Ya no espero. Contemplo.
Mi gata se sienta y me mira con indiferencia.
Mi madre aparece y dice palabras sonrientes que rompen el tiempo.
Mi gata esperaba a mi madre.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)